«Emmanuel Macron tendrá que encontrar las palabras para reparar, tranquilizar y contrarrestar a la extrema derecha, que está sacando su miel de una sucesión de crisis de seguridad»

VVisto desde el extranjero, Francia es una extraña paradoja. Su situación económica no es mala, si prescindimos del peso de la deuda pública, que acaba de traspasar el umbral simbólico de los 3.000 millones de euros. Allí el crecimiento tiene éxito, el paro desciende, los inversores extranjeros están de vuelta, como proclama el presidente de la República, que fracasó, a mediados de mayo, en la sexta edición de la cumbre Elige Francia.

Francia es, sin embargo, escrutada con conmiseración e ironía por sus detractores, con perplejidad y preocupación por sus aliados, pues allí suelen repetirse episodios eruptivos. A finales de marzo, el rey Carlos III tuvo que aplazar la primera visita de Estado que tenía reservada a Francia por las fuertes tensiones provocadas por la reforma de las pensiones.

sábado 1oh En julio, Emmanuel Macron tuvo que posponer la visita de Estado de tres días que debía comenzar el domingo por la noche en Alemania, debido a los disturbios urbanos que ponen en guardia cada noche a unos 45.000 policías y gendarmes. Para el país de la Ilustración, que se proyecta, desde la Revolución Francesa, como un modelo a exportar, el golpe es duro.

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Hasta la fecha, tres fuertes sismos han sacudido el doble mandato de Emmanuel Macron, con poca relación entre sí. La crisis de los «chalecos amarillos» del invierno 2018-2019 nació de una reacción epidérmica y casi vital de una parte de la población ante el aumento del impuesto al carbono, que desde entonces se abandonó. Entre otras escenas traumáticas, dio lugar al atentado en la prefectura de Puy-en-Velay, el vandalismo del Arco del Triunfo, en París, el 1oh diciembre de 2018, y el forzamiento por una máquina constructora de la entrada a un ministerio, el 5 de enero de 2019.

La oposición a la reforma de pensiones, que marcó los primeros cinco meses de 2023, es resultado de la resistencia popular a lo que parecía ser la pérdida de un derecho, sumado a la injusticia social. Enmarcadas de principio a fin por una intersindical ansiosa por evitar excesos, la mayoría de las manifestaciones se mantuvieron pacíficas.

Tres dificultades estructurales

Los disturbios urbanos que se desataron a finales de junio fueron provocados por la grave negligencia de un policía, que mató a tiros a un joven de 17 años, Nahel M., tras negarse a obedecer. Dieron lugar a un estallido de violencia, marcado por escenas de saqueo, destrucción de edificios públicos y puesta en peligro de funcionarios electos locales.

El ataque vehicular a la vivienda del alcalde de L’Haÿ-les-Roses (Val-de-Marne), donde residían su mujer y sus dos hijos, quedó como uno de los momentos definitorios de este movimiento, siendo el otro la jubilosa mina de jóvenes insurgentes intercambiando sus “hazañas” en las redes sociales.

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