Yenín, zona de guerra en Cisjordania: drones, francotiradores, bombardeos y hospitales rodeados | Internacional

Cuando el 25 de noviembre Asaad al Damagh cayó fulminado en un callejón del campo de refugiados de Yenín, se oyeron dos explosiones. Un primer proyectil asesinó a Al Damagh; el segundo derribó llena de metralla a Maisa, una palestina de 30 años que trataba de socorrer al hombre arrastrándolo hacia su casa. Con el cuerpo horadado por las mismas piezas metálicas que convirtieron en un colador la fachada de la vivienda, la mujer logró entrar en el zaguán. Su hijo mayor, Riad, de 10 años, cuenta que antes había visto “algo gris en el cielo”. Era un dron del ejército israelí. Maisa yace ahora en una cama del hospital Ibn Sina de Yenín, una ciudad de unos 50.000 habitantes en el norte de Cisjordania. La han operado ya tres veces para sacarle la metralla del cuerpo pero no ve bien por un ojo. Otros pacientes con metralla en el cráneo, como ella, dice su marido, “se han quedado ciegos”.

El campo de refugiados de Yenín es para muchos palestinos un feudo de la resistencia a la ocupación israelí. Para Israel, este lugar de menos de medio kilómetro cuadrado en el que se hacinan 14.000 desplazados, hijos y nietos de la Nakba, es un nido de “terroristas” de Hamás, Yihad Islámica y otras organizaciones. En la segunda militaba Al Damagh, asesinado sin preguntas y sin posibilidad de defenderse ante un tribunal. Esa categoría —“terrorista”— es la que Israel aplica sistemáticamente a quienes han muerto en incursiones militares israelíes en la ciudad y, sobre todo, en el campo. Esas operaciones, recurrentes desde hace décadas, suceden “sin freno” y hasta tres veces por semana desde el 7 de octubre, el día que Hamás atacó Israel, explica Luz Saavedra, coordinadora local de Médicos sin Fronteras (MSF), la única organización internacional que trabaja de forma permanente en el campo. En la última de esas operaciones que Israel llama de “busca y captura”, el 28 y el 29 de noviembre, el ejército israelí anunció la muerte de cuatro de esos “terroristas”. Uno tenía ocho años. Se llamaba Adam Saber al Ghouk. Otro, Basil Suleiman Abu al Wafa, 15. Dos niños que murieron desarmados por los disparos de un soldado israelí.

Desde el 7 de octubre hasta el 23 de noviembre, militares israelíes habían matado en Cisjordania a 211 personas, casi la mitad de los 452 palestinos que han perecido por el mismo motivo en 2023. De ellos, 54 eran niños. Otros ocho palestinos —incluido otro niño— fueron asesinados por colonos israelíes, según un documento de la coordinación humanitaria de Naciones Unidas (OCHA). El 66% murieron en operaciones de busca y captura, “fundamentalmente en las gobernaciones de Yenín y Tulkarem”, separadas por 60 kilómetros.

Las calles del campo de refugiados de Yenín dan cuenta de esa retahíla de muertos. Cada dos pasos, altares improvisados, fotos enmarcadas o fotocopiadas, rinden homenaje a los muchos hombres, alguna mujer y no pocos niños abatidos por los militares israelíes por su pertenencia, real o sospechada, a grupos armados. Otros rostros de esas fotos son los de víctimas de un francotirador, del fuego cruzado entre milicianos y soldados, o de las explosiones y los bombardeos que suceden en esas operaciones “de busca y captura” que convierten el campo de refugiados en una zona de guerra. En julio, el ejército israelí incluso disparó misiles contra el campo de refugiados desde dos helicópteros de guerra Apache.

Una calle del campo de refugiados con el asfalto levantado por una excavadora durante una incursión militar israelí.Diana Khwaelid

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Armas de guerra

Las incursiones militares que, en las casi ocho semanas que dura también la guerra de Gaza, “han aumentado su frecuencia y su intensidad”, recalca Saavedra, empiezan con los drones, una presencia ominosa cuyo zumbido es a menudo el augurio de que el campo va a ser declarado “zona militar cerrada” y el ejército israelí va a irrumpir en él. Después llegan los soldados al caer el sol, acompañados de las D-9, enormes excavadoras militares que arrasan a su paso el asfalto y el alcantarillado, incluso muros enteros de casas, que los vecinos ya ni se molestan en reparar. Mientras, los francotiradores se apostan en los tejados e incluso dentro de las casas del campo. Salah Eddine Mansour, un abogado de 28 años, señala las paredes llenas de cicatrices. Los agujeros grandes en las fachadas sirven “al francotirador para sacar el cañón del arma”. También, por doquier, hay otros boquetes algo más pequeños: la huella de los disparos. En algunos de esos agujeros de bala, cabe una mano. Los soldados, explican varios refugiados en la calle, usan munición de la que explota al entrar en el cuerpo.

Emm Haitham, de 66 años, señala el coche de su hijo. El vehículo tiene la mitad de su carrocería aplastada como una lata de refresco que se ha apretado entre las manos. Un bulldozer israelí le pasó por encima. Junto a las casas, largas lonas negras cuelgan de los cables de la luz. Intentan ocultar las calles a las cámaras de los drones israelíes, explica la coordinadora de MSF.

No muy lejos, una mujer abre la puerta de su casa y enseña una pared cuya parte superior se ha volatilizado. Un cohete israelí la arrancó de cuajo, explica. Luego señala al suelo y dice que, en una incursión, un hombre al que los soldados buscaban se escondió en su patio. “Le pegaron un tiro y se lo llevaron”, recuerda.

Los militares israelíes no solo han incrementado desde el día del ataque de Hamás su habitual violencia en este campo de refugiados, que fue uno de los principales escenarios de la segunda Intifada palestina hace dos décadas. También impiden que los heridos obtengan atención médica rápida al bloquear las entradas de los hospitales de la ciudad, sobre todo de uno, el hospital público más grande de Yenín, el Jalil Suleimán, que esta pegado al campo, explica la trabajadora de MSF. Saavedra describe cómo los soldados detienen las ambulancias, las registran y piden la documentación a todos sus ocupantes. Esta humanitaria recuerda el caso de un hombre de 45 años con discapacidad intelectual, que recibió un disparo en el abdomen durante una incursión israelí, y que ingresó ya cadáver porque la ambulancia no llegó a tiempo.

MSF apoya a las urgencias del Jalil Suleimán. También ha formado a voluntarios del campo, algunos con experiencia sanitaria previa y otros no, para que puedan ofrecer atención básica de urgencia a los heridos mientras llegan las ambulancias, en lo que llaman “puntos de estabilización”; casas o locales habilitados para ello. De uno de ellos, bombardeado en julio por el ejército israelí, solo quedan paredes carbonizadas y rejas retorcidas. MSF ha donado además a los voluntarios un cochecito como los que se usan en los campos de golf, habilitado con una camilla, para trasladar a los heridos por las angostas calles del campo.

Agujeros de disparos en el campo de refugiados de Yenín.
Agujeros de disparos en el campo de refugiados de Yenín. DIANA KHWAELID

Tirar a matar

El hospital Jalil Suleimán tiene los ventanales de sus escaleras quebrados por los balazos. Su director, Wisam Bakr, explica que los militares israelíes no solo impiden a las ambulancias entrar sino que han llegado a llevarse detenidos a heridos que estaban en su interior. Tanto utilizar armas como bombas con metralla o misiles en zonas urbanas civiles, como atacar hospitales e impedir que se socorra a los heridos, pueden constituir crímenes de guerra.

“Desde el ataque de Hamás”, deplora el doctor Bakr, los soldados israelíes “disparan a matar” y lo hacen incluso hacia personas que están en el hospital. Un hombre que vendía café en la entrada del recinto murió hace poco por el disparo de un francotirador, explica el médico, que enseña un vídeo de las cámaras del hospital que registraron ese asesinato. A su lado, Jaled Musarwe, un conductor de ambulancias de 43 años, relata cómo los soldados israelíes le han detenido, esposado y maltratado cuando trataba de evacuar heridos en varias operaciones de busca y captura. En una ellas, un francotirador le pegó un tiro al vehículo, sostiene. Él salió ileso.

Sabreen Zaid, de 32 años, tuvo peor suerte. Esta paramédica, ingresada en el otro gran hospital de Yenín, el Ibn Sina, sobrevivió a los disparos de un francotirador israelí, que la alcanzó el 9 de noviembre. La mujer estaba también dentro de una ambulancia de la Media Luna Roja Palestina, cuyo personal trataba de asistir a otros dos palestinos heridos de bala. Los proyectiles atravesaron la carrocería y dos de ellos se alojaron en su zona lumbar. Uno le rozó la médula espinal y, desde entonces, no puede mover una pierna. También Sabreen tiene un vídeo del tiroteo. En él, se oye el silbido de una lluvia de balas y unos pavorosos gritos de dolor.

La paramédica Sabreen Zeid se recupera de los disparos de un francotirador en el hospital Ibn Sina de Yenín.
La paramédica Sabreen Zeid se recupera de los disparos de un francotirador en el hospital Ibn Sina de Yenín. Diana Khwaelid

En las urgencias del Jalil Suleimán, el jefe de enfermeros, Qassem Jomah Bani Garrah, ha perdido la cuenta de los heridos de bala que ha tratado. En una operación de busca y captura, recuerda, entraron por urgencias 108 pacientes en 47 horas, casi todos con heridas de bala y de metralla. “Desde el 7 de octubre, nos llegan pacientes en pedazos por explosiones o con metralla en el corazón. A un chico le tuvimos que amputar las dos piernas y a otro, una bala explosiva le arrancó el antebrazo”, recuerda el enfermero.

Hassán, de 13 años, está sentado en una silla de ruedas en otra habitación del hospital Ibn Sina. También él recibió dos disparos en el abdomen de soldados israelíes, en la misma incursión en la que resultó herida la paramédica, el 9 de noviembre. El chico se ríe cuando le hablan de su equipo, el Barça, pero su gesto se torna serio cuando explica cómo un francotirador le disparó. Luego echa la cuenta de a cuántos de sus amigos han matado los soldados: cinco, dice, y añade: “A otros tres también les han disparado”

En una casa del campo de refugiados, una mujer limpia unas alfombras con un cepillo. Su hija Sadil, de 15 años, murió también por un disparo en la cabeza. Cuando se le pregunta por ella, el cepillado se torna frenético y la mujer llama a Malak, una amiga de la adolescente muerta, para que hable con este diario. La joven explica que su hermano fue el primero que vio a Sadil en el suelo. En ese momento, se acerca un hombre joven.

– ¿Este hombre es tu hermano, el que encontró a Sadil?

– No, responde. Y se echa a llorar.

– ¿Por qué lloras?

– A mi hermano lo mataron los israelíes hace dos semanas.

Cuando se atraviesa la Línea Verde, la frontera imaginaria entre Israel y Cisjordania, “si eres palestino, pierdes inmediatamente 20 años de esperanza de vida”, dice la coordinadora de MSF. La causa es “la violencia de la ocupación israelí”. La mayoría de los refugiados del campo de Yenín nunca ha atravesado esa frontera de hecho establecida en 1949 entre Israel y estos territorios ocupados. Para salir de Cisjordania, necesitan un permiso que Israel sistemáticamente les niega. La playa está a unos 50 kilómetros. Muchos adolescentes del campo de refugiados de Yenín han muerto sin haber visto nunca el mar.

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